—Si, si; ya lo he visto, y no sé á qué vienen esas galas: sobre todo cuando hace una noche tan oscura, y cuando es mas fácil encontrar un arcabuzazo que un galanteo.

—Yo tampoco lo entiendo: ni sé si el capitan ha cumplido con su obligacion abandonando á Yátor y trayéndonos á Cádiar, con tres leguas en el cuerpo y enlodados hasta la cintura.

—En Yátor debe de haber habido tambien jarana.

—Esto se estaba esperando de un momento á otro, y creo, Dios me perdone, que tenemos faena para algun tiempo.

—¿Creeis que esto sea una guerra?

—Creo que nosotros somos los primeros soldados del rey que han disparado en esta guerra los arcabuces.

—¡Bah! ¡Diego de Herrera!...

—En la iglesia hay algunos soldados muertos de su compañía: sin armas, con todas las señas de haber sido sorprendidos: juraria á que esos perros los han degollado en sus mismas casas.

—Todo pudiera ser: pero noto una cosa singular.

—¿Qué?