El capitan tardó quince minutos en contestar; al fin haciendo un esfuerzo y tragando saliva, dijo que tenia empeñada su palabra, y que no faltaria á su palabra por nada del mundo.
El marqués iba preparado á esta respuesta y la contestó sin detenerse un punto.
—Vos no os habreis comprometido á casar vuestra hija sino en España.
Miró con asombro el capitan al marqués porque no le comprendia.
—Quiero decir que si ese hombre á quien habeis dado vuestra palabra se viese obligado á pasar los mares y á llevarse vuestra hija....
—Indudablemente, esa circunstancia me dejaría en libertad, dijo el señor Illan.
—Pues os juro que quedareis libre... solo os pido.
—¿Qué...?
—Que dilateis con cualquier pretexto el casamiento de vuestra hija durante quince dias, solos quince dias, y que guardeis un profundo secreto acerca de nuestra vista.
El capitan lo prometió solemnemente: esto era una especie de conspiracion contra el alcalde de Casa y Córte: una traicion, pensando severamente; pero el caso era cubrir las apariencias, y sobre todo se trataba de un golilla, de uno de esos hombres que estan tan acostumbrados y tan prácticos para buscar callejuelas á la ley.