El alcalde era tratado en su propio terreno y con sus propias armas.

El marqués escribió aquel mismo dia á un su amigo de la córte, hombre poderoso y muy privado de los privados del emperador; á su carta acompañaba un libramiento de buena ley de mil ducados.

A los doce dias, sin saber cómo ni por donde, el alcalde de Casa y Córte recibió una provision de oficio de oidor de la Real Audiencia de Méjico.

En los primeros momentos de júbilo el licenciado Céspedes se trasladó provision en mano casa de su futuro suegro.

Pero este con gran asombro suyo le dijo gravemente:

—¿Y pensais aceptar, señor Juan de Céspedes?

—¡Que si pienso aceptar! exclamó con extrañeza el alcalde: pues decidme: ¿qué harías vos si os nombrasen virey de Méjico ó de Santiago de Cuba?

—Aceptaria con toda mi alma: ya lo creo.

—Pues ved ahí que con toda mi alma acepto yo.

—Pues en ese caso... dijo con una verdadera turbacion el capitan, en ese caso, yo os retiro la palabra que os he dado.