La turbacion del capitan consistia en que el buen hidalgo no habia ejecutado nunca dobles papeles y le repugnaba la intriga.

—¡Qué... me retirais vuestra palabra!... es decir, ¿cuando puedo acumular sin ofender á Dios ni á la justicia grandes riquezas? exclamó el alcalde poniéndose pálido.

—No son las riquezas las que me mueven... dijo balbuceando de nuevo el capitan, porque le repugnaba la mentira tanto como la intriga, pero yo habia contado con que no saldríais de España: bien sabeis, puesto que sois jurista, que no podríais obligar á vuestra mujer á que se embarcase.

—¿Con que es decir?...

—Que ó renunciais á ese oficio de oidor, ó á mi hija.

Meditó algunos segundos el alcalde.

—No puedo renunciar, dijo, una fortuna que Dios me envia... si yo fuera solo... pero tengo una hija.

—¿Cómo que teneis una hija?

—Sí señor, una hija de mi difunta esposa...

—¡Sois viudo!...