—Ciertamente....
—Hé aquí otra circunstancia que me dispensa de mi palabra... nada de vuestra viudez ni de vuestra hija me habíais dicho.
—Pero lo sabe todo el barrio...
—Pues ved ahí, yo no lo sabia.
—Decididamente...
—Yo no he dado mi palabra ni á un viudo con hijos, ni á un oidor de las Indias.
—Estais en vuestro derecho, dijo roncamente el alcalde de Casa y Córte, ó mejor dicho, el oidor de la Real Audiencia de Méjico. Y así, adios, señor capitan Aponte.
—¿Quedamos, pues, recíprocamente libres?
—De todo punto. Podeis casar á vuestra hija con quien mas os convenga.
Separáronse, pues, de una manera ruda.