Harum-el-Geniz.
—¿Qué es esto, les dijo? acabo de entrar en la ciudad y la encuentro tranquila, desiertas y silenciosas las calles, y hasta las rondas metidas en sus casas. ¿Qué es lo que pensais hacer? La Alpujarra se ha levantado, y en estos momentos los cristianos son degollados é incendiadas sus haciendas: vosotros solos estais en silencio y acobardados.
Disculpáronse los llamados con que nadie les habia acudido.
—Los ocho mil hombres que deben venir del Valle y de la Vega, dijo Farax, y los capitanes de las parroquias del Albaicin estan prevenidos. Pero es necesario que vosotros los ricos y los respetados les deis los primeros el ejemplo, no mostrándoos cobardes y débiles. Que para esto he venido yo.
—Has venido con muy poca gente, dijo Abul-ben-Eden, y te perderás: nosotros no queremos perdernos mas de lo que estamos. Los primeros que nos han faltado son los monfíes.
—¡Cómo! exclamó irritado Farax; me habeis hecho perder mi casa, mi familia y mi hacienda, y darme á la sierra, solo por la libertad de la patria, y ahora que llegamos al punto del combate, los que mas debiais favorecernos y ayudarnos os echais fuera del peligro, como si hubiese otra salvacion que la guerra, ó como si despues de lo que hemos hecho esperasemos alcanzar perdon de los cristianos! antes debiais haberlo pensado: pero ya que sois tan miserables y tan cobardes, yo, yo solo con los que tengo, haré que el Albaicin se levante ó perezcais todos los que estais en él.
Y rugiendo en cólera se salió de su casa antes del amanecer, llevando los trescientos monfíes en dos cuadrillas, y por la calle de Raab-Albayda se encaminó á la plazuela que está delante de la colegiata del Salvador, donde le dijeron que habia una guardia de seis ú ocho soldados.