Cuando llegaron á la plazuela los monfíes que iban delante, se detuvieron á esperar la llegada de los otros, porque vieron un soldado que se paseaba por la plazuela haciendo centinela, y cuando sintió el ruido de los pasos de los monfíes que subian por Raab-Albayda, creyendo que era la ronda del corregidor, se fué hácia los monfíes con la mano puesta en la espada y echándola de valiente y cuando estaba cerca de ellos les dió el ¿quién vive?

La contestacion de los monfíes fue disparar sobre él las ballestas que llevaban armadas, hiriéndole en un muslo.

El soldado dió á huir hácia el lugar donde sus compañeros dormian descuidadamente alrededor de una hoguera, y empezó á dar gritos y á llamar al arma.

Los monfíes cargaron sobre los soldados, que aturdidos con el sueño, no pudieron levantarse tan pronto que no dejasen dos hombres muertos, llevando consigo otros dos heridos.

Siguiéronlos los monfíes por unas callejuelas estrechas hasta la plaza de Bib-al-Bonut, donde en aquellos tiempos estaba el convento de los Jesuitas: llamaron é insultaron al jesuita Albotodo, que era morisco, y no pudiendo forzar la puerta que era muy fuerte, arrancaron una cruz de madera que estaba clavada sobre ella y la hicieron pedazos.

La otra cuadrilla de monfíes, capitaneada por el walí Nacoz, tomó desde la plazuela del Salvador á la derecha, llegó á la Plaza Larga, derribó la puerta de una botica que era de un familiar del Santo Oficio, llamado Diego de Madrid, y no habiéndole encontrado dentro, le robaron é hicieron pedazos botes, redomas, armarios, cuanto encontraron, y luego pasaron el portillo de San Nicolás, situado junto á la puerta mas antigua de la alcazaba Cadima, y saliendo á la plazuela de la iglesia, desde donde se ve enteramente la Alhambra, el barrio del Hajeriz y gran parte de la ciudad, empezaron á tocar la zambra con sus dulzainas y atabalejos, y á decir á grandes voces:

—No hay mas Dios que Dios y Mahoma su mensajero: todos los moros que quisieren vengar las injurias que los cristianos han hecho á sus personas y ley, vénganse á juntar con estas banderas, porque el rey de Argel y el Xerife, á quien Dios ensalce, nos favorecen y nos han enviado toda esta gente, y la que nos está aguardando allí arriba. Ea, ea, venid, venid, que ya es llegada nuestra hora y toda la tierra de los moros está levantada[26].

Los cristianos escucharon aterrados este pregon, porque temian lo que no sucedió: esto es: que se levantanse los moriscos del Albaicin: en vano Farax-Aben-Farax y Nacoz y el Niqueli, repitieron sus pregones: ni un solo morisco salió á la calle.

Entre tanto las campanas de la Colegiata del Salvador tocaban apresuradamente á rebato, y empezaba á extenderse este toque á las torres de las demás parroquias.

Desesperado Farax, y viendo que ya amanecia, que nadie le ayudaba, y que no llegaba el grueso de los monfíes, se decidió á abandonar la ciudad.