Al pasar ya en retirada con sus dos cuadrillas por la calle de los Panaderos, se abrió una ventana y apareció un viejo.
—¿Cuantos sois? preguntó á Farax.
—Seis mil contestó, el alguacil mayor del reino.
—Venís pocos y venís tarde; exclamó el viejo con desprecio, y cerró la ventana.
Salióse ya enteramente desesperado Farax por el portillo por donde habia penetrado en el Albaicin, y antes de retirarse definitivamente quiso probar el último recurso, y subiendo al cerro de San Miguel hizo dar desde su cumbre otro pregon, y como nadie le contestase tampoco, gritó con todas sus fuerzas como si hubiera querido que le oyesen todos los moriscos del Albaicin:
—¡Perros! ¡traidores! ¡cobardes! ¡que nos habeis engañado y no cumplis lo prometido! ¡quedaos en paz! ¡pero yo os juro que si vuelvo será para degollaros lo mismo que á los cristianos!
Y seguidamente, rugiendo como un leon herido, se precipitó con sus trescientos monfíes por la ladera del cerro, y subiendo por el rio Darro tomó el camino del lugar de Cenes.
Solo Dios sabe lo que hubiera acontecido aquella noche, si los moriscos del Albaicin se hubiesen levantado á la voz de Farax, ó si hubiesen llegado los restantes monfíes, que á causa de la nieve no pudieron atravesar la sierra.
CAPITULO XXX.
Complemento del anterior.