Entre tanto los soldados que habian huido de la plazuela del Salvador, donde como dijimos estaban de guardia, fueron á avisar á Bartolomé de Santa María, uno de los alguaciles encargados por el presidente Deza de rondar el Albaicin. Por el camino los soldados habian ido llamando á grandes voces al arma; mas estaban los vecinos tan descuidados, que creyendo que fuese burla, se asomaban á las ventanas gritándoles que callasen, y creyéndolos borrachos. Otros vecinos, salieron á medio vestir, asombrados, soplando las mechas de los arcabuces, y no sabiendo qué hacer ni adonde ir.
Llegados, pues, el alguacil, los soldados y algunos vecinos á las casas de la Chancilleria, dieron parte de lo que sucedia al presidente Deza, aunque de una manera confusa é incompleta, porque el miedo que antes no les habia dejado ver, no les dejaba entonces hablar. El presidente hizo avisar al corregidor y al marqués de Mondéjar, y mandó al Albaicin al alguacil Santa María, para que se enterase bien del hecho y volviese á noticiárselo. Entre tanto el soldado que fue á avisar al marqués de Mondéjar estuvo detenido mucho tiempo en las puertas de la Alhambra, que no quisieron abrir, hasta que lo mandó el conde de Tendilla que andaba rondando por los adarves, y habia ya oido desde ellos la zambra y las voces de los monfíes en el Albaicin.
El soldado le informó de todo, y el conde de Tendilla le llevó al aposento de su padre el marqués de Mondéjar, que no queria creer lo que le decian, hasta que afirmándole su hijo que habia escuchado instrumentos moriscos en el Albaicin, y el soldado que habia visto hombres vestidos y tocados como turcos, saltó del lecho, se armó y mandó que la gente de la fortaleza se pusiese en armas.
Pero se encontró con que solo tenia ciento cincuenta infantes y cincuenta caballos: gente que no bastaba para defender el castillo, cuanto mas para sacarla de él. Tanto mas no sabiéndose el número de los enemigos, que podian ser muchos, puesto que solo en el Albaicin podian tomar las armas diez mil moriscos: en la ciudad habia muy poca gente bien armada de que poder disponer, y lo estrecho, peniente y tortuoso de sus calles favorecia á los moriscos para la defensa.
Resolvióse por eso á no dejar la Alhambra hasta que amaneciese, y habiendo sabido que el alguacil que fué á reconocer el Albaicin no habia encontrado rastro de moro, ni mas que algunos vecinos asustados, mandó que las campanas cesasen de tocar á rebato y que subiesen algunas rondas para asegurar el Albaicin, no fuese que con el pretexto del alboroto, saqueara la gente de mal vivir las casas de los moriscos.
El corregidor por su parte apenas recibió el primer aviso, montó á caballo y con algunos caballeros que se le presentaron armados, fué á situarse en la Plaza Nueva, delante del palacio de la Chancillería, donde recogió la gente que bajaba desbandada del Albaicin, y allí estuvo quieto hasta que amaneció, temeroso que el lance siguiese mas adelante.
Habian encontrado los que fueron á reconocer el Albaicin el portillo abierto por los monfíes, y junto á él las herramientas de que se habian servido y un saco lleno de bonetes turcos: cuando fue de dia el marqués de Mondéjar dejó la Alhambra y bajó á la Plaza Nueva con don Alonso de Cárdenas, su yerno y sus hijos el conde de Tendilla y don Francisco de Mendoza, reuniéndosele en la Plaza Nueva los marqueses de Villena y Villanueva, el conde de Miranda y otros muchos caballeros que se encontraban en Granada siguiendo pleitos y otros muchos escuderos y gentes de guerra, que habian acudido temerosos de lo que aquello pudiese ser.
En aquellos momentos un traginero dijo al marqués de Mondéjar, que habia encontrado á los monfíes caminando con dos banderas tendidas por detrás del cerro del Sol hácia el lugar de Casa Gallinas.
Alborotáronse con estas noticias los que estaban con el capitan general, y quisieron marchar tras los monfíes. Pero el marqués de Mondéjar no lo consintió á causa de que era mas importante la seguridad de la ciudad, y de no saberse el número de los enemigos.
Limitóse á enviar un escudero suyo con alguna gente á reconocerlos, y él con treinta caballos, cuarenta arcabuceros y los alabarderos de su guardia, subió al Albaicin; atravesó por medio de él sin encontrar una sola persona, porque los moriscos estaban encerrados y prevenidos en sus casas temerosos de ser robados: y llegando á la plazuela del Salvador, preguntó á algunos cristianos que se encontraban en ella, por qué no se veian moriscos por las calles y le respondieron que se habian retirado á sus casas.