Entonces mandó á Jorge de Baeza que llamase á los principales de ellos y venidos y habiendo protestado que ellos no tenian culpa alguna de lo que habia sucedido, y que eran buenos y leales vasallos del rey, el marqués les respondió: que puesto se habian mostrado tales no acudiendo al llamamiento de los monfíes, continuasen en su lealtad, y que contasen con su amparo.
Afectaron quedar muy contentos los moriscos, bajó á la plaza Nueva el capitan general, y como ya era bien entrado el dia se resolvió dar sobre los monfíes, y salieron cuando los que habian salido á reconocerlos trajeron noticia del camino que llevaban.
Los monfíes seguian entre tanto su camino hácia la sierra y sin detenerse en los lugares de Dudar y Quentar pasaron por ellos y bajaron á Cenes, donde se detuvieron á almorzar, y habiendo sido avisados que el capitan general de Granada, se les venia encima tomaron de nuevo el camino por la falda de Sierra Nevada hácia el lugar de Dilar.
El marqués de Mondéjar tomó por cima de Huetor hácia Dilar, y al llegar al campo de Gueni los caballos de vanguardia, descubrieron á los moros que iban ya embreñándose en la sierra.
Don Alonso de Cárdenas apretó las espuelas á su caballo, y seguido de algunos ginetes, se puso en demanda de los monfíes creyendo poder alcanzarlos antes que se embreñasen; pero se lo impidió una cuesta muy agria que hay en el barranco del rio de Dilar, y tardaron tanto en subir y bajar, que los monfíes tuvieron tiempo de posesionarse de un cerro alto y muy áspero que se levanta á la derecha del pueblo, y poniendo las banderas en medio, empezaron á jugar sobre los del marqués las ballestas y los arcabuces.
Mataron algunos soldados, pusiéronse en respeto á los demás, obligaron al marqués de Mondéjar á no pasar adelante, y luego tomaron lo áspero de la sierra, donde no podian subir los caballos, y burlando al marqués de Mondéjar, bajaron al valle de Lecrin, le sublevaron diciendo que dejaban alborotada á Granada, y se entregaron respecto á los cristianos que vivian en los pueblos del valle, á las mismas atrocidades que habian ensangrentado á Cádiar.
El marqués mandó tocar á recoger, y cuando tuvo la gente formada; cuando vió que por su poco número se veia obligado á volver á la ciudad, tomó el camino de ella murmurando para su celada:
—Los del consejo de Su Magestad creen que aqui no necesitamos ni hombres ni dinero, y si este descuido dura, Granada se perderá.
En medio del camino le detuvo un soldado que traía para él una carta: aquella carta era del marqués de la Guardia, en que le daba cuenta de los terribles sucesos de Cádiar.