No se veia en las calles mas que sangre y cadáveres; en la plaza estaba amontonado un botin sangriento, y algunas casas que habian sido incendiadas ardian aun.
La atalaya y la huerta que habian servido de habitacion á Aben-Aboo, estaban desiertas: doña Isabel de Válor y Angiolina Visconti habian desaparecido.
Cuando Yaye hizo buscar á doña Elvira de Céspedes no pudo darse con ella, y solo quedaban en la villa algunos moriscos aterrados y los monfíes triunfantes.
Cuando Yaye preguntó por Aben-Aboo y por Aben-Jahuar el Zaquer, le dijeron que habian marchado á la taha de Jubiles.
Aben-Humeya habia marchado tambien á la taa de Válor.
Yaye envió dos de sus walíes con órden terminante de que se presentaran Aben-Humeya y Aben-Aboo.
Pero Aben-Humeya contestó con altivez que era rey de Granada y que no obedecia á nadie, y Aben-Aboo no pudo ser encontrado.
Yaye conoció que era llegada para él la hora de la expiacion.
Entre tanto don César de Arévalo esperó en vano á que pareciese su sobrino, y cuando, no teniendo que hacer en las Alpujarras, se despidió del emir y se fué con Peralvillo á Granada, supo con horror que el capitan general habia recibido una carta del marqués de la Guardia, fechada en la madrugada del primer dia de Pascua, en que le participaba que con su compañia habia batído los monfíes y ocupado la villa de Cádiar.
Todo el mundo, incluso don César de Arévalo, dió por cosa cierta, cuando se supo el degüello de la compañía por los monfíes, que el marqués de la Guardia habia perecido víctima de su lealtad al rey.