—Nos lo impidió la tempestad, nos vimos encerrados entre de tres torrentes, dijo Harum.
—Y tan verdad es esto, dijo entristecido don César, que mi sobrino, que se arrojó á la corriente para perseguir á los infames, fue arrastrado por las aguas sin que se sepa qué ha sido de él. Es necesario que averigueis lo que ha sido de mi sobrino, poderoso emir.
—¿Qué me hablais de vuestro sobrino, cuándo he perdido á mi hija? exclamó Yaye; y luego volviéndose á Harum dijo: es necesario batir en derredor la montaña: los ladrones no deben estar lejos: deben haberles cortado el paso otros barrancos. Conmigo, caballeros, conmigo, y que nos proteja Dios.
En vano el emir registró por aquella parte todos los barrancos, quebraduras y escondrijos de la montaña: nada se encontró.
Yaye se volvió desesperado.
No le quedaba otro recurso que ir á encontrar frente á frente á Aben-Aboo.
Cuando volvió á Cádiar encontró á los monfíes al mando del Ferih enteramente apoderados de la villa.
Su pronostico al marqués de la Guardia se habia cumplido.
Cercada por todas partes y abrumada por el número la valiente compañía de arcabuceros, habia sucumbido toda, á excepcion del marqués de la Guardia de quien estaba apoderado Yaye, y del soldado que el marqués habia enviado al capitan general de Granada.
La poblacion presentaba un aspecto horrible.