—El duque...

—Me martirizais con llamar duque á ese hombre.

—Pues bien: el marqués de la Guardia, es valiente y sereno, y no hay en él, por grande que sea el peligro, turbacion que le impida ver pronto, y bien; tú eras el que estabas turbado...

—Yo no soy cobarde.

—Pero tenias ansiedad por apoderarte de Amina: por lo mismo no pudiste oir lo que yo oi; el marqués te llamó por tu nombre y te apellidó infame, ladron y asesino. Poco despues la avenida del barranco le arrastró; yo di la cosa por concluida... porque ¿quién habia de pensar que el marqués se salvase? Sin embargo, se ha salvado: el emir le ha visto entre los soldados que combatian en Cádiar, y no ha mandado retirar al verle sino para salvarle. Le salvará, lo sabrá todo. ¿Qué piensas tú responder al emir cuando te pregunte por Amina? ¿puedes entregarle su hija?

—¡Ah! exclamó Aben-Aboo.

—Anda, pues, mas de prisa, sobrino; es necesario que nos perdamos: que no puedan dar con nosotros.

—¿Pero no considerais que perdernos ahora, es perdernos para siempre?

—Es que estaremos poco tiempo perdidos.

—No os entiendo; ¿creeis que mañana no me preguntará Yaye por su hija?