Y la conversion de Yaye no era una mentira.
Fuese que la desgracia continuada y terrible hubiese creado en su corazon una ardiente necesidad de consuelo; que hubiese llegado á ese caso extremo en que el corazon humano se levanta al cielo, buscando en Dios la resignacion y la fuerza, y que el Dios del islamismo no pareciese á Yaye tan grande, tan misericordioso, tan inagotable de consuelos, como el Dios que, todo caridad, se humanizó, y lavó con su sangre las culpas de los hombres; fuese que su amor hácia doña Isabel influyese en él bajo el punto de vista religioso, Yaye se habia convertido; Yaye habia dejado hacia mucho tiempo de rogar al dios de Mahoma, para levantar su espíritu á Jesús crucificado: Yaye era cristiano de corazon.
Acaso tambien consistió en que del islamismo al cristianismo no hay mas que un solo paso; creer en un misterio altamente poético: en la maternidad de una vírgen.
Acaso tambien, perdida la ambicion y el odio que ciegan, habia comprendido Yaye lo que antes habia comprendido Amina: que la religion cristiana es una religion eminentemente grande, racional, conveniente, como por su esencia divina lo es, y no puede dejar de serlo: acaso influyó en él el pensamiento de que habia atribuido injustamente á la religion mas dulce, mas caritativa, mas pacífica, las crueldades, la intolerancia y el fanatismo que solo pertenecian á los vicios y á los errores de los hombres.
Yaye, como todo hombre dotado de un gran espíritu y de una alta inteligencia, habia discutido y combatido mucho en su pensamiento, y no se convirtió al cristianismo, sino cuando su razon le dijo que debia convertirse.
Si Yaye hubiese pensado del mismo modo veintidos años antes, acaso hubiese sido feliz; y lo que es indudable, no hubiera llenado su conciencia de remordimientos.
Perdido todo, familia, patria, porque Yaye desde el momento en que empezó la guerra, la vió vencida; desesperado hasta el último punto, buscó su consuelo en la embriaguez: porque lo único que podia ya embriagarle era el amor de doña Isabel.
Yaye la habia llevado la misma noche de la sangrienta catástrofe de Cádiar á su heredad de Yátor.
Un respetable número de monfíes aseguraba de todo peligro al último tesoro de Yaye.
El emir no habia dejado de verla un solo dia, ni de tranquilizarla acerca de su hijo: Yaye habia guardado un profundísimo secreto acerca de la terrible posicion en que se encontraba colocado respecto á Aben-Aboo.