—Eres mas hermosa que hace veinte y dos años: eres la alegría y la vida de Yaye.

Y doña Isabel habia llorado de felicidad, y habia esperado impaciente á su esposo, con lo mas hermoso que la naturaleza produce, sobre su hermosura, con la magnífica y pura frente ceñida por la diadema de las sultanas.

Si no alcanzais á soñar en cuerpo y en alma, una mujer tal como la que el autor ve en su pensamiento, viva, palpitante, irresistíble, al describiros á doña Isabel, debeis sentirlo porque perdeis un bellísimo sueño: y como la vida es sueño....

Pero esto es muy vulgar. Os describiremos á Yaye.

Su traje era mas sencillo que el de doña Isabel, y pertenecia á la moda de los tiempos medios de la dominacion árabe en España: una pequeña corona de oro macizo de puntas, lisa y sencilla: alrededor de la corona, una toca blanca, cuyo extremo, cayendo del lado ízquierdo de la cabeza, ondulaba sobre el pecho y venia á caer á su espalda pasando sobre el hombro derecho: una túnica ceñida de brocado verde con arabescos negros, grandes y sobrepuestos, larga hasta las rodillas, cerrada en el cuello sobre una camisa blanca y plegada, y abrochada por delante con una sola fila de botones de piedras preciosas: una faja de seda y oro ceñida á la cintura: una espada árabe con empuñadura de oro cincelada en arabescos con inscripciones cúficas esmaltadas, y un grueso brillante en el pomo: unas calzas de seda ceñidas, á grandes listas rojas y negras: unos borceguíes de tafilete verde bordados con hilo de plata, y sobre este traje una especie de toga talar negra, abierta por delante, con mangas perdidas y forrada de armiños.

Doña Isabel llevaba asido de la mano á Yaye hácia la chimenea.

—¡Oh! ¡y como tiemblas! le dijo: hace mucho frio, ¿no es verdad?

Yaye no temblaba por el frio, sino por la poderosa conmocion que le dominaba, cuando quería, acobardado por su destino, olvidarlo todo y embriagarse con el amor, con la hermosura, con el irresistible encanto de doña Isabel.

—Sí, sí, el invierno es crudo, dijo Yaye asiendo por la redonda cintura á doña Isabel, que llena de solicitud, con todas sus galas, se habia inclinado sobre la chimenea para avivar su fuego.

—Siéntate, luz de mi vida, la dijo Yaye; tengo que hablarte.