—Me dices eso de una manera demasiado séria, dijo palideciendo doña Isabel.
—Nada temas, la dijo sonriendo melancólicamente Yaye.
Y asiendo un sillon, le unió al de doña Isabel; se sentó en él y asió las manos de su esposa que le miraba con ansiedad.
—¿Por qué esa palidez, Isabel? la dijo Yaye que empezaba á embriagarse y á olvidarlo todo delante de ella. ¿Acaso no tienes una gran confianza en mí?
—Despues de Dios en nadie confio tanto como en tí, Yaye: pero desde que puedo llamarme legítimamente tuya: desde que puedo levantar mi frente tranquila y feliz, porque mi felicidad no puede avergonzarme... ¡oh! un vago cuidado se ha apoderado de mí: un recelo misterioso, que me he apresurado á arrojar de mi alma: si, si, yo te amo; no sé cómo hacerte comprender cuánto te amo: mira: lo que voy á decirte, es terrible, no debiera ser.... pero.... te amo mas... infinitamente mas, sin comparacion, ya lo creo.... te amo mas... ¡que á mi hijo! ¡que al hijo de mis entrañas!... es mas: cuando al fin Dios ha tenido compasion de mí, y te me ha dado, he comprendido que amaba á mi hijo, porque era hijo tuyo... he comprendido y me he sonrojado al comprenderlo.... que cuando durante mi viudez y mi luto, pasaba no sé cuánto tiempo bebiendo la mirada de nuestro hijo, fijos mis ojos en los suyos... era porque en la mirada de nuestro hijo hay algo de la tuya... ¡oh! no sabes cuánto me he desesperado, cuánto he vacilado cuando he recibido tus cartas; cuánto he deseado llorando estrecharte contra mi corazon: ¡oh! yo te he amado siempre asi; desde el dia en que te ví... desde el tiempo en que pasábamos tan dulces mañanas cada cual en su mirador no he olvidado nada... nada... y cuando veia que el tiempo no me hacia vieja; que á pesar de los años, porque ya estamos cerca de las puertas de la vejez, mi corazon era siempre el corazon de una niña: cuando por un privilegio sin duda, veia,—yo puedo y debo decírtelo todo, todo lo que pienso, todo lo que siento,—veia, que mis ojos eran cada vez mas brillantes, y que me hacia mas hermosa... ¡oh! ¡y cómo la modesta viuda, la que siempre tenia fijos los ojos en el suelo delante de las gentes, la que siempre estaba pálida, oh y cómo se contemplaba al espejo! ¡y cómo se coloraban sus mejillas, y cómo decia su corazon: gracias Dios mio, porque me conservas hermosa para mi Yaye! ¡haz Dios mio, que crea en tí para que yo pueda unirme á él! ¡para que pueda mirarme en sus ojos como me miro en este espejo!
Y al decir estas palabras doña Isabel, atrajo á sus labios las manos de Yaye y las besó suspirando.
Yaye estaba al fin embriagado: lo habia olvidado todo: no veia mas que á doña Isabel, y no la veia en la tierra, se creia con ella en el cielo.
Y esta embriaguez de Yaye, que era hermoso, daba tal expresion á su semblante, tal lucidez á sus ojos, que doña Isabel abria toda su alma para que la fecundase aquel amor.
—Y mira, añadió doña Isabel: si nos hubiéramos casado entonces, yo nunca te hubiera dicho esto, aunque pensaba del mismo modo; y no hubiera sido tan feliz, porque no hubiera conocido la desgracia.
Estaba tan dominado Yaye, que no contestó.