—Escucha, dijo doña Isabel inclinándose sobre su semblante, colorada de un leve rubor y con el acento ligeramente trémulo: anoche, ya tarde, dormias: yo no: la felicidad, lo inmenso de mi felicidad, no me dejaba dormir: la lámpara iluminaba blandamente tu semblante: tu sueño parecia fatigoso, tu aliento ronco: yo velé tu sueño; yo hubiera querido leer á través de tu hermosa frente tus pensamientos: yo te contemplaba enamorada y cuidadosa, me parecia que el ensueño que se habia apoderado de tí te hacia sufrir; de repente tu entrecejo se plegó de una manera terrible, tu semblante todo tomó un aspecto de amenaza, tu boca una expresion cruel, feroz, y con una voz ronca, con palabras apenas articuladas, murmuraste: ¡Amina! ¡Aben-Aboo! yo me incliné sobre tí, uní casi mis oidos á tus labios, y sentí tu aliento que abrasaba, pero no oi ni una palabra mas.

—¡Oh! dijo Yaye sonriendo, acabo de separarme de mi hija; mi hijo vela en la montaña frente al cristiano, ¡mientras yo duermo entre los brazos de su madre!

—Porque yo lo soy todo para tí, como tú lo eres para mí, exclamó con acento opaco y ardiente doña Isabel: porque olvidas entre mis brazos como yo olvido entre los tuyos... pero esos son breves momentos: algunas horas robadas á la realidad; despues nuestro mismo amor vuelve sobre nuestros hijos: ¿no es verdad?... ¿no es verdad que nos engañamos cuando creemos que los amamos menos que á nosotros mismos?... ¿cómo hemos de amarlos menos? ¿acaso no son ellos tu sangre? ¿acaso mi hijo no es un pedazo de mis entrañas? ¡Yaye! ¡Yaye de mi alma! tú, y tus hijos y yo... no somos mas que un solo corazon...! ¡no los olvidamos anegándonos en nuestro amor, porque ellos son hijos de nuestro amor!

—Es necesario romper á todo trance la situacion en que nos encontramos: yo era valiente cuando era desgraciado, cuando nada tenia que perder... ahora que te tengo á tí, me encuentro cobarde: el combate me estremece: se me figura que el primer arcabuz disparado por el enemigo ha de matarme: ¡Isabel! añadió gravemente Yaye: es necesario que sepas lo que eres para mí: desde anoche, luz de mis ojos, desde que he empezado á satisfacer la sed de mi corazon, nada hay ya en el mundo para mí mas que tú: he vivido soñando: he buscado lejos de tí la vida, y solo he encontrado la muerte: y cuando al fin vuelvo á vivir, la inflexible fatalidad me cierra el camino. Pues bien, estoy resuelto á todo: nada puedo hacer por mi patria, porque la patria ha muerto: la ha borrado del libro de los pueblos y de las generaciones la mano de Dios. He resuelto revelarlo todo á nuestro hijo...

—¡Ah! dijo doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.

—Es preciso, preciso de todo punto, dijo Yaye: y quiera Dios que mi revelacion no llegue tarde, nuestro hijo está enamorado de su hermana.

Dona Isabel se puso de pié pálida como un difunto.

—¿Y acaso tu hija le ama tambien?

—No, es peor que eso: le aborrece.

—Estamos malditos de Dios Yaye, exclamó anonadada doña Isabel.