—¡Oh! ¡Dios mio!

—Te juro que antes de un mes habremos arrojado esta corona que abrasa la frente, y estas vestiduras reales que oprimen el pecho. Pero es necesario dar el último paso hácia nuestra libertad.

Y Yaye se levantó y asió á doña Isabel de la mano.

—¿Es decir que es esta noche?

—Si, dijo Yaye.

—¡Que nos esperan!

—Si.

—Yo me habia puesto estas joyas y estas vestiduras por darte gusto; pero no creia...

—Si, ha llegado la hora de que los moros vean por un momento levantarse ante ellos una sultana tan hermosa y tan llena de magestad como la esposa de Abd-el-Rahman: es necesario que te aclamen, que los fascines y que contribuyas á que no desconfien de nosotros.

—Pero este terrible convenio durará poco.