—¿No tendré que pronunciar una palabra sola contra Dios?

—No: es muy sencillo... se supone que ya está todo hecho: entregadas las arras concluido el contrato... todo se reducirá á tu presentacion; y á una fiesta de bodas.

—¡Ah! ¿es decir que solo engañamos á los hombres?

—Y los engañamos por necesidad: Dios lo sabe. Si yo no tuviese que esperar por nuestro hijo...

—¡Por nuestro hijo!...

—Si... necesito reducirle... convencerle á que nos siga. Los moriscos y los monfíes han empezado la guerra de una manera infame: como verdaderos bandidos.

—¡Oh! ¡Dios mio!

—Han incendiado, robado, degollado, exterminado: un caballero no puede desnudar con honra su espada al frente de ellos... he vivido soñando; pero no he despertado tarde... durante algunos dias los engañaremos: después nosotros, con nuestro hijo, nos acercaremos á la costa, embarcaremos nuestros tesoros y nos trasladaremos á Francia ó á Venecia, para vivir solo por nosotros mismos.

—¿Y tu ambicion?

—Mi ambicion ha sido anegada por un torrente de sangre.