Los hermosos ojos de doña Isabel irradiaron en una expresion de agonía, de tal modo, que Yaye asustado se apresuró á decir:

—¡Isabel! ¡Isabel de mi alma! ¡la sultana Howara eres tú!

—¡Dios mio! y ¡que horrible juego! exclamó doña Isabel dejándose caer sobre el sillon.

—Toca la corona que rodea tu frente; mira la corona que ciño: ¿á qué habia yo de ceñírmela sino porque el momento de mi union contigo delante de los mios se aproxima?

—¡Pero yo no comprendo esto! ese nombre árabe...

—Es el de tu ilustre Abuela la sultana de Córdoba, la esposa del califa Abd-el-Rahman, el de la gran mujer á quien debió Abd-el-Rahman el trono que le hizo grande.

—Pero yo no quiero dejar de llamarme Isabel ni renegar de Dios.

—Ya te he dicho que es solo un casamiento aparente.

—¿Me obligaran á confesar el islamismo?

—Todos te creen morisca.