Venis pocos, y venis tarde.
Desesperado, loco y calenturiento, pero con la locura del leon, Yaye, habia corrido al remedio de aquellos males con una energía imponderable: habia aterrado á los monfíes, ahorcando á algunos de aquellos que se habian mostrado mas infames en el degüello de las Alpujarras: se puso á su frente, los reorganizó, se dejó ver de todos ellos indómito, soberano, prepotente, con la espada desnuda y la cólera y la amenaza en los ojos. Les afeó sus excesos, y promulgó una ley por la cual se prohibia terminantemente so pena de muerte, asesinar á los niños menores de siete años, á las mujeres fuese cualquiera su edad, y aun á los hombres que no hubiesen tomado las armas ó que tomándolas no hubiesen hecho resistencia, ó que después de hecha se hubieren entregado: en una palabra, regularizó la guerra; la matanza y el incendio cesaron, pero cuando ya habian sucumbido doce mil víctimas; cuando el horror de aquella catástrofe zumbaba por España, pidiendo venganza, y por Europa, llamando gravemente la atencion de las córtes extranjeras: en cuanto á sus asuntos de familia nada habia conseguido: parecia que la tierra se habia tragado á Amina, á su hija y á Aben-Aboo: solo se habian encontrado en unos barrancos cercanos al lugar del robo, los monfíes que conducían las literas y los que las precedian, muertos á hierro, y las dos doncellas que acompañaban á Amina en aquella ocasion, degolladas: vestigios que no eran los mas á propósito para tranquilizar á Yaye acerca de las intenciones de Aben-Aboo; respecto á su hijo, Aben-Jahuar, Angiolina Visconti y doña Elvira de Céspedes habian asimismo desaparecido, y solo quedaba delante de Yaye, con la corona en la cabeza y la espada desnuda, avanzado á las posiciones del ejército de España, Aben-Humeya, pero triste, desalentado, sombrío, y receloso.
Harum-el-Geniz, Suleiman y algunos de los mas leales walíes de Yaye, acompañados de cuadrillas compuestas de los monfíes mas astutos y mas prácticos y conocedores de los escondrijos y senos de la montaña, buscaban por todas partes á los que se habian perdido, pero de una manera inútil.
Todos los dias recibia Yaye un desesperante aviso de que nada se habia descubierto, y mas desesperado cada dia después de este aviso, iba á buscar consuelo en el frenesí de su amor por doña Isabel: de aquel amor que le embriagaba.