Rogad á Dios que os ampare, porque podreis morir aqui sepultada.

Antes de presentarse á ella, Yaye hacia una violenta reaccion sobre sí mismo, concentraba en su corazon todos sus dolores, y entraba sonriendo, como el hombre mas feliz del mundo, y se arrojaba en los brazos de su esposa.

Doña Isabel le preguntaba por su hijo.

Yaye le contestaba que Aben-Aboo estaba al frente del ejército, que se obtenian triunfos y que pronto podría, sin manchar su honra, dejando encomendada la prosecucion de la guerra á buenos caudillos, abandonar á España é ir á gozar de su felicidad al extranjero.

Doña Isabel creia á Yaye, era feliz, le inundaba con todo el poderío de su magnifica hermosura, con toda la poesía de su alma, con toda su pureza de niña, con todo su ardiente amor, y le fascinaba, le hacia soñar y le daba algunas horas de olvido de todo lo que no era ella; algunas horas de felicidad suprema.

Pero cuando la fascinacion pasaba, cuando Yaye se separaba de doña Isabel, caia de repente de aquel cielo soñado, al infierno de la terrible verdad: en vano hacia esfuerzos desesperados: el terrible circulo que le rodeaba se estrechaba cada vez mas, amenazando ahogarle. Los sucesos ayudaban á la venganza de sus enemigos.

Venganzas algunas de ellas injustificadas, absurdas, pero ciertas, porque en el corazon humano dominan, por desgracia, la injusticia y el absurdo.

A tal especie pertenecia el odio que profesaban á Yaye Laurenti y Angiolina, porque este odio se fundaba en que Yaye era padre de una mujer cuya hermosura, cuyos amores con el marqués de la Guardia, habian herido el corazon y exasperado las pasiones de aquellos dos funestos personajes.