Pero este odio era resultado de la ambicion de Yaye: si Yaye no hubiera llevado á la córte con una intencion terrible á Amina, Amina no hubiera excitado las pasiones de nadie.
Es cierto que sin la venganza de Laurenti y de Angiolina, Yaye se hubiera encontrado combatido por la ambicion de Aben-Jahuar, por las rivalidades de sus hijos, por el amor desesperado de doña Elvira: Yaye meditaba todo esto, y veia con dolor que su culpa estaba en su nacimiento, primero, y despues en la educacion que se le habia dado; por último en la ignorancia en que habia vivido durante su primera juventud acerca de su orígen, de su posicion y de los proyectos de su padre.
Ninguna historia como la de Yaye tan á propósito para probar la influencia de la fatalidad en la existencia de los seres. Todo lo que Yaye habia hecho, era lógico, necesario, y sin embargo todo lo que Yaye habia hecho se habia vuelto contra él amenazador y terrible.
Jóven aun, como que solo contaba cuarenta y cinco años, no se atrevia á volver la vista atrás, porque el pasado le obligaba á cerrar los ojos, pretendia huir de su presente, y no se atrevia á mirar al porvenir.
Ni aun podia salvarse, huyendo con doña Isabel, la única felicidad de su vida, á continuar aquella felicidad en medio de una vida oscura: la situacion en que se encontraban sus hijos, le detenia en el peligro.
¿Y qué peligro podia ser este?
Yaye no le veia claro y distinto, pero lo temia todo: temia horribles desgracias; conocia que aquellas desgracias eran fatales, precisas; la expiacion necesaria de sus errores, y aun lo diremos: de sus crímenes.
La desaparicion de tantas personas de quien con fundado motivo desconfiaba, era ya una terrible amenaza.
¿Por qué se ocultaban Aben-Jahuar y Aben-Aboo? ¿Por qué Aben-Humeya se mostraba con él taciturno, reservado, sombrío?
Yaye veia agolparse sobre su frente la tempestad, y habia perdido el valor que tan necesario le era para conjurarla: mejor dicho: Yaye no podia conjurar aquella tempestad y se aterraba.