—¿Consistirá tu odio en que Yaye se haya casado con Isabel?
—No, de ningun modo: ¡Isabel y Yaye! ¡digno consorcio! la mujer adúltera unida al asesino de su marido!
—Dame una prueba indudable de que me amas.
—¿Y qué prueba? dijo doña Elvira infiltrando una candente mirada en los ojos de Aben-Jahuar.
—Sé mi esposa.
—Juro serlo en el momento en que me vengue de Yaye.
—¿Y cómo piensas vengarte? preguntó Aben-Jahuar.
—No lo sé: hace mucho tiempo que Dios ó el diablo protegen á ese hombre: he gastado á manos llenas el oro para lograr que se apoderan de él, y no he podido conseguirlo.
—En otro tiempo le tuviste en tu poder.
—¡Enfermo! ¡hé ahi como me muestra su agradecimiento Yaye! casa á su hija con ese marqués de la Guardia, hace su compañero en el gobierno de los monfíes al hijo de su amante, y todo viene á asegurarme su intencion de que piensa robar á mi hijo la corona de Granada.