—¡Ah! ¡le elogiais!

—El que haya sido conmigo un infame, el que yo me haya visto obligada primero á desear vengarme de él, después á despreciarle, no prueba que cuando se trataba del servicio del rey fuese cobarde ni villano: para probaros que os creo, voy á deciros una sola palabra: soy vuestra.

—¡Que sois mia! exclamó Aben-Aboo, levantándose de la silla.

—¡Si, si, dijo Angiolina conteniéndole con un movimiento: después de algunos dias...

—¡Ah! dijo Aben-Aboo. ¡Otro plazo!

—¿No despreciaríais algun dia á una mujer que os abriese sus brazos, caliente aun el cadáver de su esposo?

—¡Esa extraña manía de llamar vuestro esposo al marqués...!

—Yo le he considerado como tal. Sin embargo, podeis abreviar ese plazo.

—¿Cómo?

—Sabeis que soy enemiga del emir, porque de él vienen mis desgracias. Si él hubiera guardado mas á su hija, no me hubiera visto ultrajada por el marqués. Si mi esposo...