—¿De modo que, dijo Angiolina, anduve acertada en vestirme de negro para huir con vos de Cádiar?

—¿Llevais por él luto?

—¿No habeis dicho vos mismo que yo le consideraba mi esposo?

—¿Y esa muerte no os causa pesar?

—Ya lo veis, hablo de ello tranquilamente con vos como si se tratara de la de cualquier otro.

—Pero no os mostrais alegre.

—Yo no tengo mal corazon.

Era que Angiolina no tenia sobre sí misma dominio bastante para llevar su fingimiento hasta el punto de mostrarse alegre por la muerte del marqués, cuando estaba transida de dolor, anhelante, haciendo poderosos esfuerzos para que no saliesen á sus ojos las lágrimas, á sus labios los gritos desesperados.

—¿Será acaso que no creais que el marqués haya muerto? dijo el receloso jóven.

—Sí lo creo: porque según lo que ha pasado en las Alpujarras, el marqués que era muy noble y muy valiente ha debido morir.