—¡Que ha muerto el marqués! dijo Angiolina con un acento reconcentrado, comprimiendo y dominando la angustia que se apoderó de su alma.
Aben-Aboo que la observaba profundamente, engañado por el violento esfuerzo con que Angiolina habia dominado su alma, dijo para sí:
—Indudablemente la princesa, no ama ya al marqués: si le amara se hubiera estremecido, se hubiera entregado á alguna demostracion de dolor al saber su muerte.
Angiolina leyó sin duda el pensamiento de Aben-Aboo en su mirada, porque dijo con interés, con conmocion, pero sin terror, sin sentimiento:
—¿Y dónde ha muerto el marqués?
—En Cádiar: la noche de Navidad; la compañía entera á cuyo frente se encontraba ha sido exterminada.
—¡Ah! ¿y le habeis matado vos?
—Afortunadamente no.
—¿Por qué decís afortunadamente?
—Porque no quisiera unirme á vos trayendo las manos manchadas con la sangre de ese nombre á quien habia considerado como vuestro esposo.