Llegó á un ángulo, arrolló con el pié un monton de tascos de estopa, removió despues el suelo terrizo que la estopa habia dejado descubierto, y apareció una trampa de madera.

Levantó aquella trampa, bajó unas escaleras abiertas á pico, y se encontró en un pequeño espacio, donde habia una cama, una silla y una mesa con una lámpara encendida.

Salióle al encuentro una mujer vestida de negro.

Aquella mujer le abrazó y le besó en la frente.

Aben-Aboo se estremeció porque aquella mujer era Angiolina Visconti.

—¡Oh!; ¿cuándo sereis mi esposa? exclamó el jóven.

—Cuando sea viuda, contestó tranquilamente Angiolina.

—¡Viuda!

—Ya sabeis que yo no he pertenecido mas que á un hombre, que le he considerado mi esposo, y que mientras viva...

—El marqués ha muerto, dijo Aben-Aboo.