—¿Estamos solos, madre mia? dijo el jóven mirando con recelo á su alrededor.

—Si, solos estamos: el emir está en la montaña y no vendrá hasta la media noche.

—Tenemos entonces tiempo sobrado.

—Pero yo te creia lejos de aquí.

—¿No os ha dicho nada vuestro esposo, madre?

—¿Y qué habia de decirme?

—¿Nada os ha dicho de mí?

—No; solamente que te encontrabas mandando los monfíes hácia el puente de Tablate.

—¡Ah! ¿no os ha dicho que yo le hago traicion?

—No... no... ¿pero eso es verdad?