—No, madre, no, pero hay traidores que pretenden desunirnos á todo trance.
—Mi esposo está satisfecho de tí.
—Vuestro esposo sabe que me amais madre, y os engaña.
—¡Engañarme!
—Si: desde la noche del levantamiento de las Alpujarras ando huyendo, madre mia, y desde entonces el emir me anda buscando.
—Pero ¿por qué huyes?
—Porque sé que el emir me cree traidor, y me castigará. Vos sola, vos sola podreis, madre, hacer que el emir se contenga y consienta en escucharme. Si me escucha, yo me justificaré: os lo aseguro, porque soy inocente: pero quiero que me escuche aquí, aquí y á solas.
Doña Isabel, que amaba con delirio á su hijo, se afligió, lloró, y le prometió que el emir le escucharia y que el que se hubiera propuesto dividirlos y enemistarlos, seria castigado.
Doña Isabel y Aben-Aboo quedaron en verse tres noches despues.
Doña Isabel iba á cumplir su promesa.