Abrió una ventana, arrojó una piedrecilla al barranco, y se oyó abajo una palmada.

Doña Isabel echó un cordon, le retiró, trayendo una escala, la aseguró, y á poco apareció un hombre en la ventana y saltó dentro.

Era Aben-Aboo.

—¿Habeis hablado al emir, madre mia? la dijo con ansiedad.

—No; pero le he preparado; ahora le hablaré; él tambien desea hablarte: pero, qué pálido estás Diego, qué desencajado: ¿te ha sucedido alguna desgracia, hijo mío?

—Es que tengo miedo, madre.

—¡Miedo! ¿y de qué?

—¡Miedo del emir!

—¡Miedo de mi esposo! ¿crees tú que aunque fueses culpable, el emir podría castigarte?

—¡Oh! ¡madre mia! un demonio se ha puesto en medio de nosotros.