—¿Quién?

—Mi tio don Fernando el Zaguer.

—¡Oh! ¡siempre fue mi hermano traidor y miserable! pero nada temas, Diego, nada: ¿no sabes que el emir me ama con toda su alma? que te ama... á tí... porque... porque eres mi hijo?

—¡Madre, madre! ¡decís eso de una manera!

—El emir tiene que revelarte grandes secretos: secretos que tocan á tu madre, que te tocan á tí: por terrible que te parezca lo que te revele mi esposo... créelo, hijo mio, créelo: tu madre te dice que lo creas.

—¡Pero explicadme!

—No; no: seria para mi demasiado sacrificio: el emir te lo explicará.

—Una palabra: ¿ese secreto pertenece á vos?

—Si.

—¿Y por qué no me lo revelais?