Se detuvo á alguna distancia de Aben-Aboo y le miró profundamente: el jóven temblaba.

—Tu madre me ha dicho que deseabas hablarme, dijo el emir.

—Si, si señor, deseaba hablaros, porque me han calumniado, porque han suscitado vuestra cólera contra mí.

—Creo que aquí no hay calumnia, sino error, dijo conteniéndose Yaye. Pero necesito que me hables con verdad: ¿me has injuriado de una manera irreparable?

—No señor.

—¡Desdichado de tí si no has respetado á Amina!

—Señor, dijo Aben-Aboo, poniéndose letalmente pálido.

—Si, desdichado de tí... porque es necesario decírtelo de una vez... Amina es tu hermana.

—¡Que Amina as mi hermana! exclamó aturdido por aquel golpe imprevisto Aben-Aboo.

—Si, tu hermana, dijo profundamente conmovido Yaye, porque tú eres... porque tú eres mi hijo...