—Si, á mataros y os mato, exclamó Aben-Aboo, y por un movimiento rápido, que Yaye aturdido no pudo evitar, se abrazó á él.

Y en aquel momento Aben-Humeya, saltó como un tigre del lugar en donde estaba escondido, y antes de que Yaye pudiese desprenderse de Aben-Aboo, le clavó un puñal por tres veces en un costado, gritando:

—¡Muere, asesino de mi padre! ¡su hijo le venga en tí!

—¡Misericordia de Dios! exclamó cayendo Yaye: ¡asesinado, y asesinado por mis hijos!

Aquella exclamacion en la boca de un hombre herido de muerte, aterró á los dos jóvenes que se miraron pálidos de espanto.

—¡Ah! ¡que os perdone Dios! exclamó Yaye cayendo; ¡que os perdone Dios, porque no habeis sabido lo que habeis hecho!

—Pero... exclamó Aben-Aboo, inclinándose sobre el emir; ¿sostendreis aun á punto de muerte esta impostura?

—¡Que os perdone Dios! dijo con desesperacion Yaye.

—¿Será cierta esa horrible revelacion?...

—Corred, corred: buscad socorro; dijo el emir: yo quiero salvarme, no por mí, sino por vosotros: quiero salvarme para que no tengais el remordimiento de un parricidio.