En este momento un hombre apareció en la ventana y saltó á la estancia.
Aquel hombre era Laurenti.
—¿Es decir que todo se ha consumado? dijo viendo á Yaye por tierra sobre un lago de sangre: ¿es decir que los hijos han matado á su padre?...
—Laurenti, exclamó Yaye... tú...
—Si: yo el bandido que se venga.
—¿Has dicho que el emir es nuestro padre? exclamaron los jóvenes.
—Si, y os traigo la prueba. Lee tú esta carta de tu madre, Aben-Humeya; la escribió hace veinte y dos años; toma tú esotra, Ahen-Aboo; tambien hace veinte y dos años que la escribió tu madre doña Isabel.
—¡Ah! ¡las cartas! ¡las terribles cartas que me robaron! exclamó espirando Yaye, mientras los jóvenes devoraban las cartas en que sus madres habian anunciado su nacimiento á Yaye.
—Si, si, te las robé yo, dijo Laurenti, rompiendo los sellos de la Inquisicion: me he vengado y nada tengo ya que hacer aquí. Adios.
Y antes de que los dos jóvenes pudieran detenerle, se precipitó á la ventana y se deslizó por la escala.