—¡Oh! ¡no hay duda, no hay duda, exclamó con desesperacion Aben-Aboo, es mi padre! ¡Estoy maldito de Dios!

Y sin atreverse á mirar á Yaye huyó, ganando la ventana y la escala.

Aben-Humeya quedó inmóvil, aterrado, como herido por un rayo, despues de leer la carta de doña Elvira.

Luego tieso, ríjido, terrible, como impulsado por un poder superior, se acercó á Yaye, se inclinó sobre él y le miró.

Yaye estaba muerto.

—¡Mi padre! dijo con voz ronca: ¡mi padre! añadió, y se apretó las sienes con las dos manos, y luego con los cabellos erizados, vacilante, como un ebrio, se acercó á la ventana, ganó la escala y se deslizó por ella.

El cadáver de Yaye quedó sobre un lecho de sangre en la estancia, y á los piés de la mesa donde estaba la luz, las dos cartas que el horror habia dejado caer de las manos de Aben-Humeya y de Aben-Aboo.

CAPITULO XXXVIII.

En que empieza á desenlazarse nuestra historia, con la salida pera la eternidad de dos de sus principales personajes.

Entre tanto doña Isabel esperaba impaciente.