Suponia que debia ser larga la entrevista de Yaye y de Aben-Aboo y no se habia atrevido á escucharla.

Durante algun tiempo permaneció anonadada en un sillon junto á la chimenea. Luego, no pudiendo dominar su ansiedad se levantó, fué á su aposento, abrió una puerta, entró en un pequeño retrete, se arrodilló delante de un reclinatorio en que habia un cristo crucificado y se puso á rezar.

Para doña Isabel aquella era una situacion suprema.

Su pudor de madre iba á verse herido por la horrible revelacion que Yaye en aquellos momentos hacia sin duda á su hijo.

Un terror misterioso se habia apoderado de doña Isabel.

Se sentía mal, con el alma comprimida y no sabia darse razon de la causa.

Estaba bajo la influencia de esa intuicion inexplicable que nos anuncia una desgracia; intuicion ó augurio del cual no podemos darnos cuenta, sino cuando la desgracia ha acontecido.

Dominaba en torno suyo un silencio profundísimo y aquel silencio la asustaba.

Se distraia y solo rezaban sus labios.

Su corazon no estaba en Dios, sino en aquel apartado aposento donde se habian encerrado Yaye y Aben-Aboo.