Pasó asi algun tiempo, sin que nada turbase aquel denso silencio, aquella calma glacial.

De repente se oyeron fuertes ladridos de los perros de la alquería, luego ruido de voces, y al cabo pasos precipitados en la cámara de doña Isabel.

Esta se levantó del reclinatorio y corrió á su cámara.

En ella encontró á Harum-el-Geniz, en cuyo semblante se notaba algo extraordinario.

—¿Qué sucede? dijo doña Isabel.

—Debe amenazarnos una gran desgracia, señora, dijo el leal monfí.

—¡Una gran desgracia!

—Si, porque Aben-Jahuar el Zaguer, vuestro hermano y vuestra cuñada doña Elvira de Céspedes, acaban de llegar á la alquería y preguntan anhelantes por el emir, por vos, por vuestro hijo, por Aben-Humeya.

—Hacedles, hacedles entrar al momento, dijo doña Isabel.

Aben-Jahuar y doña Elvira fueron introducidos.