Doña Elvira se avalanzó pálida á doña Isabel.

Hacia veinte y dos años que aquellas dos mujeres no se veian: es mas, que se aborrecian.

Doña Isabel miró con una expresion de gran extrañeza á su cuñada.

—¿Qué quereis en mi casa, señora? la dijo.

—¡Qué quiero! salvar á Yaye, á quien vos habeis perdido, contestó doña Elvira.

—¿Qué decis? exclamó con un supremo desprecio doña Isabel.

—¿Dónde está Yaye? exclamó con afan doña Elvira.

—Si, ¿dónde está el emir? repitio Aben-Jahuar.

—¿Pero por qué me preguntais por él de ese modo?

—Urge aprovechar los momentos, hermana, dijo Aben-Jahuar, imponiendo silencio con un ademan á doña Elvira.