De repente Harum, cierto ya, de que su señor no existia, le dejó de nuevo sobre la alfombra, y se volvió con la cólera reconcentrada del tigre á doña Elvira y á Aben-Jahuar.
—Vosotros habeis venido, dijo lanzando llamas por los ojos, vosotros habeis venido á esta casa anunciando una desgracia, preguntando por Aben-Aboo y por Aben-Humeya.
—¡Ellos! ¡ellos! ¡los malditos! ¡ellos han sido! gritó doña Elvira: ¡sus hijos! ¡el hijo mio y el hijo de esa mujer!
Y doña Elvira, con los ojos inflamados, pero sin verter una lágrima, adelantó hácia el cadáver:
—¡Yaye! exclamó: ¡tú has sacrificado todo cuanto has tenido á tu alrededor! tu aliento ha sido maldito para todo lo que ha tocado, y te has despedazado á tí propio, porque has caido bajo el puñal de tus hijos: ¡has vivido de la desgracia agena, y te has labrado tu propia desgracia! ¡Que te perdone Dios!
Y aquella mujer cayo de rodillas, levantó las manos al cielo, y luego se cubrió con ellas el rostro, y rompió á llorar.
—¡Idos! exclamó Harum-el-Geniz, dirigiéndose á Aben-Jahuar: ¡idos antes que mi razon se extravie y no pueda responder de mí mismo! ¡idos y llevaos á esa mujer!
—Una palabra, dijo Aben-Jahuar que apenas podia hablar: el emir tenia una hija.
—¿Sabeis vos lo que ha sido de la sultana Amina?
—La sultana Amina está en poder de Aben-Aboo.