—¿Pero dónde, dónde?

—En el mismo subterráneo donde murió de hambre Miguel Lopez.

—¡Es decir que vos, cuando tanto sabeis, sois cómplice en el robo de la sultana, y acaso en el asesinato del emir! dijo Harum, desnudando su puñal y adelantando demudado hácia Aben-Jahuar.

Una mano vigorosa detuvo el brazo de Harum.

Volvióse, y vió tras sí, pálido como un cadáver, á Calpuc, al rey del desierto mejicano.

—¡Idos! ¡idos! exclamó Calpuc con voz conmovida.

—Si, me voy, dijo con acento sentido Aben-Jahuar y pluguiera á Dios que nunca hubiera venido: pero recordad, Calpuc: Amina está en el subterráneo donde vos tuvísteis á Miguel Lopez.

Y arrojando una última é indescribible mirada á Yaye, y asiendo de la mano á su cuñada, salió.

Quedaron solos Calpuc, Harum y algunos monfíes junto al cadáver de Yaye y doña Isabel desmayada.

—Aquí hay una escala, dijo uno de los monfíes.