—Por aquí han huido los infames, gritó Harum.
—Y en el suelo hay dos cartas, dijo otro monfí.
Tomólas Calpuc, y las leyó extremeciéndose; despues las quemó á la luz de la lámpara.
Calpuc parecia sereno, pero en lo pálido de su semblante, y en lo concentrado de su mirada, revelaba todo lo intenso de su padecimiento interno.
—¡Todo! ¡todo cuanto he amado! exclamó mirando á Yaye.
Harum no podia creer aquello, no queria creerlo, y continuaba rugiendo y blasfemando.
—¡Juro al Dios Altísimo y Unico, desgraciado señor, no reposar hasta vengarte! ¡juro al Dios Altísimo y Unico, vengarte de tus asesinos! ¡no reposaré hasta verter la sangre de Aben-Aboo y de Aben-Humeya!
—Si, pero es necesario salvar á la esposa y á la hija de tu señor: la esposa está allí, entre la vida y la muerte... la hija... yo iré delante de vosotros á salvar á mi nieta.
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Yaye fue puesto en un lecho por los monfíes que acompañaban á Harum, y doña Isabel conducida á su aposento y entregada al cuidado de sus doncellas.