Poco despues, armados y á gran paso, atravesaban la montaña cincuenta monfíes mandados por Harum y guiados por Calpuc.

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Entre tanto Aben-Jahuar y doña Elvira marchaban por un estrecho camino.

Doña Elvira lloraba.

Aben-Jahuar iba profundamente pensativo.

Al llegar cerca de una venta, Aben-Jahuar se detuvo, y dijo á doña Elvira:

—No podemos permanecer en las Alpujarras; aquí todo es terrible para nosotros.

—¡Oh! ¡terrible, muy terrible! exclamó doña Elvira.

—Debemos pasar á Africa: la guerra, muerto Yaye, enemistados Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeñados los monfíes en la venganza del emir, fracasará: ¿no podremos olvidar lejos de esta tierra tantos horrores?

—Haced de mí lo que os plazca, porque ya todo me importa poco, contestó doña Elvira.