—Sin duda meditas alguna traicion, dijo el bandido, cuando tan tranquila te muestras.

—¡Una traicion! dijo Angiolina: te engañas Laurenti... ¿acaso no eres tu mi esposo? ¿acaso no me he vengado ya de ese aborrecido emir? ¿pues qué causa puede haber para que yo me entristezca?

—Asi cantan las sirenas, pensó para sus adentros Laurenti.

Y siguió hácia afuera llevando consigo á Angiolina.

Cuando llegaron al barranco, Laurenti dijo acercándose á Cisneros.

—Tomad la carta que os habia prometido para el arzobispo de Toledo, y una bolsa con que podais hacer el viaje. Montad á caballo y adios.

—¿Y no nos volveremos á ver?

—¿Quien sabe? contestó Laurenti.

—Adios, señora, adios, dijo Cisneros montando á caballo.

Angiolina no contestó, y Cisneros se alejó despechado.