Laurenti puso sobre un cogin, en el arzon delantero, á Angiolina, y montó á caballo; dió algunas monedas á quien habia tenido aquellos caballos, y siguió el barranco adelante.

Por algún tiempo caminaron en silencio.

La noche era nebulosa, fria, áspero el terreno y el caballo, aunque era fuerte y ágil, tropezaba con frecuencia.

—¿Nada tienes que decirme, Angiolina? dijo Laurenti.

—Nada, absolutamente nada, contestó Angiolina con la voz perfectamente sonora.

—¿No te aterra estar en mi poder?

—No.

—¿No temes que yo sea para tí un amante excesivamente despótico?

—No, Laurenti, no: si yo hubiera sabido que Bempo, el hombre que me ha acompañado durante diez años, eras tú, tú el primer hombre de mi amor...

—¡De tu amor...!