—¡Oh! ¡yo te mataré! dijo en su pensamiento Angiolina, cuando conoció que Laurenti estaba, mas que nunca lo habia estado, enamorado de ella.

—Angiolina, dijo Laurenti, despues de algunos momentos de silencio: si tú me amases, aun podria ser feliz.

—¿Y por qué no he de amarte? ¿no has hecho por mi inmensos sacrificios? ¿no lo has sufrido todo? ¿no me has visto acompañada por el marqués, apoyada en su brazo, sonriéndole enamorada?

—¡Ah! exclamó Laurenti.

—Sin embargo, yo no amaba al marqués: estaba únicamente ofendida en mi orgullo, y creia amor lo que solo eran zelos de vanidad, empeño. Pero cuando he sabido que el marqués ha muerto, no he llorado...

—¿Quién te ha dicho que ha muerto el marqués? exclamó Laurenti, disimulando su extrañeza, porque sabia bien que el marqués vivia.

—¡Aben-Aboo! contestó Angiolina.

—¿Has sabido que el marqués ha muerto, y no has vertido todo tu corazon en lágrimas? ¡si tu hubieras muerto, yo no hubiera podido sobrevivirte!

—Eso debe probarte que no le amaba.

—¡Ah! yo te lo perdonaria todo Angiolina si pudiera creerte.