—¿Y qué pruebas puedo darte para que me creas?

Laurenti se estremeció de conmocion, estrechó convulsivamente la cintura de la jóven y la besó en el cuello.

Angiolina suspiró, se volvió, y rodeó sus brazos al cuello de Laurenti.

—¡Yo te amo! le dijo suspirando.

Y le besó en la boca.

—¡Oh! ¡tu amor! ¡tu amor Angiolina! exclamó el bandido ¿no me engañas?

—No; yo te amaré toda tu vida y aun despues de tu muerte.

—¡Oh! ¡amado por tí, mi vida será muy corta, porque la felicidad me matará!

—No, no te matará la felicidad, dijo Angiolina, apoderándose rápidamente de la daga de Laurenti, y estrechándole con fuerza contra su seno: te mato yo.

Laurenti dió un grito: habia sentido una punzada agudísima en su costado izquierdo, un cuerpo agudo que penetraba lentamente en su carne.