Calpuc y Harum se detuvieron pálidos de espanto; y los monfíes lanzaron un alarido de terror.
Era imposible ya penetrar en el subterráneo: Aben-Aboo, Amina y el marqués de la Guardia, habian quedado sin duda sepultados.
Calpuc y Harum, pasado el primer momento de terror, corrieron al lugar de la catástrofe, y al contemplar aquel hacinamiento de rocas rotas, impidiéndoles el paso, separándolos de Amina y del marqués, cayeron de rodillas y oraron por ellos.
Pero de repente Harum se alzó.
En su semblante pálido se veia una expresion terrible de venganza, de una venganza ansiosa; sus ojos destellaban sombríos relámpagos de muerte.
Como él, Calpuc se habia alzado rígido y terrible.
—De seguro, dijo volviéndose á Harum, en esta terrible voladura, solo ha perecido el marqués de la Guardia. Aben-Aboo se ha dirigido aquí sin vacilar: debia conocer este escondrijo: debia tenerlo preparado á todo evento. Las voladuras se efectúan siempre para arriba: esto lo sé yo muy bien, como que he hecho volar muchas masas de pedernal, en el desierto mejicano para buscar el diamante: esa caverna debe tener una salida por la cual se habrá sin duda salvado ó se salvará con Amina Aben-Aboo... pero el pobre marqués...
—Acaso se haya salvado tambien, murmuró con acento ronco Harum; seguia ya de cerca á Aben-Aboo.
—Pero lo que nos queda que salvar es mi viznieta; sin duda ha sido abandonada por Aben-Aboo en el lugar donde ha tenido oculta á mi nieta. Corramos, Harum, corramos: salvemos al menos á la última de nuestra familia.
—Y á los que no podamos salvar, los vengaremos, exclamó Harum roncamente.