Y alejándose de la sima que habia abierto la explosion llegó con paso lento y tardo al lugar de donde no se habian atrevido á pasar los monfíes.
Calpuc le seguia.
Harum hizo sonar su corneta.
Poco despues los quinientos monfíes, con sus dos banderas, estaban agrupados á su alrededor:
—¡Valientes! gritó Harum: ya sabeis que el emir ha sido asesinado por Aben-Aboo y Aben-Humeya.
—¡Venganza! gritaron á una voz todos los monfíes como impulsados por un mismo pensamiento.
—¡Si, venganza, y venganza terrible! vosotros sois los valientes que componiais la guardia del emir, los que ibais tras su bandera: á vosotros toca vengarle y le vengareis. ¿Hay alguno entre vosotros que no quiera jurar enemistad á muerte á Aben-Aboo y Aben-Humeya?
Todos callaron.
—Mirad que vuestro silencio es un juramento de venganza contra esos dos infames: que el que no quiera ser de los nuestros hable, y quedará libre.
Continuó aquel elocuente silencio.