—Ahora, valientes, separémonos: yo haré de modo que todos, cualquiera que sea en el lugar donde nos encontremos, sepamos los unos de los otros: quedaos conmigo los de mi taifa: los demás á vuestros apostaderos.

Harum extendió el brazo en un ademan de imperio, y los monfíes se disolvieron, encaminándose á distintos puntos.

Solo quedaron con Harum cien hombres con una bandera.

—Ahora, dijo Calpuc, á mi antiguo subterráneo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Al oscurecer de aquel mismo dia, Calpuc y Harum penetraron en el subterráneo.

Antes de llegar á la habitacion donde habia muerto Miguel Lopez, oyeron el llanto desesperado de una criatura.

Cuando llegaron á aquella habitacion, encontraron á la pequeña hija de Amina abandonada sobre el lecho.

Tomóla Calpuc en sus brazos, la besó en la frente, y exclamó llorando:

—¡Lo último, lo último acaso que me queda de todo cuanto he amado!